Capítulo segundo

Dibujo del Mary Celeste

Da Silva tenía su bufete en la capital de la gran isla pero cada quince días, desde el mes de mayo hasta el de septiembre, coincidiendo con el período del año de menor inestabilidad meteorológica, se trasladaba hasta Santa María en el ferry para atender allí posibles asuntos de interés que pudieran surgirle, como lo sería el que se le planteó el 22 de junio de 1946.

Aquel día, en la oficina que tenía improvisada en un edificio antiguo del que era dueño en el centro mismo de la localidad de Vila do Porto, se le presentó un hombre al que todos en la parroquia de Santa Bárbara y sus alrededores miraban como un espécimen raro por ser hijo, decían, de una mujer loca que murió creyéndose una sirena y un desmemoriado que había sobrevivido a la cólera de Poseidón y del que solo logró saberse que era americano.

Era una tarde de lluvia y viento, más propia del otoño que de un primer día de verano, y tan desagradable que parecía como si la ciudad se hubiera quedado desolada. Entró sin llamar y se colocó delante de su escritorio sin hacer ruido ninguno. Su sobresalto fue mayúsculo cuando levantó la mirada de los papeles que tenía delante y estaba examinando y advirtió su presencia. A aquella hora la senhorinha De Figueiredo, la persona que hacía las veces de secretaria y le ayudaba en su trabajo, durante su estancia y también durante su ausencia en Santa María, ya se había marchado y, lógicamente, no había podido anunciarle la llegada imprevista de aquel nuevo cliente.

Da Silva lo escudriñó de arriba abajo en un par de segundos y luego miró hacia el exterior a través del cristal de la gran ventana que se encontraba justo a su derecha. Entre las cortinas, tras el vaho y las gotas del agua caída, pudo ver una calle en la que no había ningún alma y tuvo la impresión de hallarse en una población arrasada por un ejército de fantasmas.

Con una barba descuidada de más de una semana en un rostro pecoso y enjuto, un pelo largo, escaso, mugriento y cano, que otrora fuera rubio, y una indumentaria de vagabundo, el tipo exhibía toda la pinta de un enfermo que hubiera escapado de un manicomio y la mirada de sus rasgados ojos azules, ligeramente desviada por un leve estrabismo, no hacía sino poner a las claras que padecía algún tipo de enajenación, no se sabe si catalogada por la ciencia. Así que no era de extrañar que su proximidad causara en los demás cierto recelo. Sin levantarse, el abogado lo miró de hito en hito, le invitó a sentarse frente a él y, tras un suspiro, le interrogó por el motivo de su visita.

….

Había nacido allá por 1874, fruto de la muy tempestuosa y extraordinaria relación de amor que unió a una joven doncella, de condición humilde y sin familia conocida, criada por las monjas del convento de San Antonio, y a un hombre, sin pasado, sin presente y sin futuro, que un día surgió desnudo de entre las olas, sin tridente, como un Neptuno derrotado, y que otro día, tal y como apareció, desapareció bajo las aguas de la bahía. Se llamaba, de primero, Antonio, y de segundo, Jonás, como el personaje bíblico tragado por la ballena, debido a un extravagante capricho de su devoto progenitor. Tenía algo más de 70 años y llevaba la mayor parte de su existencia residiendo solo, como un anacoreta o un eremita, en aquella pequeña y deteriorada villa que le pertenecía, y que antes había pertenecido a su madre, tirando para Ponta Negra.

María Jacinta, así se llamaba la muchacha, se hizo con la casa, y de un modo que suscitó no pocas habladurías entre la gente más y menos mojigata de la vecindad, sobre todo por su juventud, después de servir en ella el apenas año y medio que su dueño la pudo habitar desde que se instaló casi de incógnito en la isla hasta su muerte en circunstancias nunca esclarecidas.

Fue este un muy extraño caballero que llegó de la península con una maleta, bajo el brazo, y también la escritura de aquella vivienda, mezcla de estilo colonial, mezcla de estilo aristocrático, cuya propiedad había adquirido días atrás en Lisboa. Iba buscando un lugar donde perderse y dedicarse a hacer examen de conciencia, huyendo nadie nunca supo exactamente de qué, y recaló en aquel paraje, a orillas de la bahía de San Lorenzo y frente al islote del mismo nombre, como lo podría haber hecho en cualquier otra parte, porque carecía de rumbo pero disponía de dinero de sobra.

En aquel retiro, prácticamente en la clandestinidad, permaneció unos quince meses este personaje que a los pocos que tuvieron noticia de su existencia en Santa María pareció siniestro. Aquejado de dolores cada vez más frecuentes en los huesos y en la columna, para combatir los cuales tomaba a diario baños de mar y de sol, por prescripción médica, allí vivió la prórroga que le otorgó la parca. Siempre al cuidado de la chica huérfana que la influencia de Monseñor De Amaral e Pimentel, Obispo de Angra, con la acción mediante del ministro de la Iglesia de la Misericordia, puso a su disposición, a cambio de un cuantioso donativo para la Diócesis. La joven sirvienta a la que acabó por considerar como su propia hija y, para sorpresa de todos, legó sus pertenencias.

Por Vila do Porto, Santa Bárbara, San Lorenzo y las otras feligresías de la isla corrieron rumores de todo tipo sobre la identidad y la procedencia de aquel foráneo, pero uno de aquellos rumores le ganó la partida a los demás: el que le relacionaba con Lord Philip Henry, quinto Conde de Stanhope, y le implicaba en una conspiración contra el Rey Luis I. La verdad, que nunca habría de ponerse al descubierto, es que aquel tipo, de nacionalidad desconocida, español o francés, a juicio de unos, inglés, según otros, alemán para los menos, había tenido tras de sí un extenso historial delictivo y había llegado del continente, escapando de la persecución policial, después de recorrer Europa de norte a sur y de este a oeste y ser autor de mil y una fechorías. Entre ellas, el asalto al tren del oro de Crimea y el magnicidio de Madrid que costó la vida al General Prim, según se atrevió a publicar, basándose en unas supuestas memorias que nunca vio nadie, un osado cronista local del archipiélago con residencia en Ponta Delgada.

Una espantosa mañana del mes de noviembre de 1872, y mucho más fría de lo habitual, aquel hombre misterioso que había comprado la villa de Ponta Negra y se había instalado en ella ni siquiera hacía dos años apareció muerto en su dormitorio. María lo descubrió cuando subió a llevarle el desayuno, como hacía a diario, y dio la voz de alarma. El cuerpo del señor yacía sobre la cama, sin ninguna herida, sin ningún rasguño, pero con una cara de auténtico horror, y la joven doncella, nada más verlo, salió corriendo aterrorizada, como si hubiera visto al mismísimo diablo. El ventanal del balcón, que daba a la parte trasera de la casa, estaba abierto de par en par, sus cristales se habían hecho añicos y por entre el cortinaje se colaban las sombras invisibles que traía consigo un poniente helado.

Numerosas conjeturas circularon en aquellos días por la parroquia y hasta desde Vila do Porto se desplazaron agentes de la autoridad para proceder al levantamiento del cadáver y para llevar a cabo todas las averiguaciones posibles sobre lo que allí había podido suceder. Un forense sin experiencia ni pericia dictaminó que el fallecimiento se había producido por causa natural y así lo hizo constar en el certificado de defunción correspondiente. Para decepción del único oficial de la Policía Civil en la isla y el único redactor de una modesta gacetilla insular, que soñaban con toparse con un caso que los sacase de la rutina y la mediocridad. Sin duda, ese oficial y ese redactor debieron ser los que propalaron la teoría del asesinato y que este había sido cometido por unos individuos, los miembros de una logia masónica o una secta, que desembarcaron como furtivos aquella noche en Santa María para ejecutar el crimen y luego volvieron a embarcar, antes del alba, poniendo mucha más agua que tierra de por medio.

Antonio Jonás se crió prácticamente apartado de la civilización porque su madre, para ahorrarle el dolor que podría causarle la indiscreción inconsciente o malévola de los vecinos del pueblo, así lo quiso. Había sido el retoño surgido de su amancebamiento con un extranjero de origen ignoto y tamaño pecado no podía ser admitido por la elevada conciencia moral de aquellos paisanos suyos, educados en la fe de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ni, por supuesto, perdonado. La mayoría la miraba con desprecio y eso a ella ya no le pesaba, porque después de tantas humillaciones sufridas desde su dura y triste infancia se había vuelto insensible a los desaires y el desdén de la gente, pero no estaba dispuesta a que su hijo fuera vilipendiado del mismo modo e hizo lo que pudo para protegerlo procurando que se relacionara lo menos posible con adultos y, sobre todo, con críos.

Al poco de cumplir los seis años perdió a su padre, del que apenas guardaba recuerdo alguno en su memoria, y a los dieciocho murió la única persona de la que recibió afecto. La observó dirigirse desnuda hacia la orilla y adentrarse en el mar, sin que volviera la vista atrás, hasta ser tragada por las aguas. Fue una hermosa noche de verano, hacía un calor casi tropical, por efecto del anticiclón que se había situado sobre el archipiélago, y la luna y las estrellas resplandecían suspendidas entre los dos cielos. Nunca llegó a recobrar la cordura perdida tras la desaparición del náufrago extranjero al que amó con la trágica desesperación del ser que nunca ha sido amado. Y por eso, cuando creyó que su hijo ya podría valerse por sí mismo, optó por marcharse siguiendo la estela dejada por aquel en su camino hacia la profunda eternidad.

El inquilino de la villa de Ponta Negra era, pues, un individuo huraño y solitario, por el que nadie mostraba interés pero sí una curiosidad morbosa, y algunos de los niños más osados de los de la parroquia cercana, así como otros menos niños, después de haber oído tantos comentarios de lo más insólito sobre él, no podían resistirse a la tentación de merodear por los alrededores de la propiedad. Se aproximaban con sigilo por entre los viñedos que había tras la loma y se dejaban resbalar por el terraplén en lugar de bajar por la senda empedrada para no ser descubiertos. Se apostaban en uno de los setos del jardín que había al lado de la vivienda y espiaban por una ventana lateral de azulado alféizar a través de la que no se veía absolutamente nada, excepto, con algo de suerte, una silueta en movimiento, y muy de cuando en cuando. La mayoría de las veces, sin embargo, desde alguna esquina les sorprendía gruñendo para ahuyentarlos aquel hombre hosco y estrafalario al que habían ido a observar y tenían entonces que correr colina arriba que se las pelaban, lo que les bastaba para inventar un sinfín de trolas con las que alimentar entre los de la aldea la fama en torno a su persona.

Una fama debida a la leyenda que le precedía y cuya verdad habría de poner en conocimiento de Da Silva el día que acudió a su despacho de Vila do Porto para contratar sus servicios. Aquel 22 de junio de 1946 el viejo Jonás no tuvo más remedio que contarle al abogado parte de su vida y revelarle su gran secreto.


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